Nos cuesta reconocer errores, soltar el orgullo y rendir el corazón. Preferimos justificarnos antes que humillarnos… pero ahí es donde todo cambia.
Dios no resiste al débil, resiste al orgulloso. Y es en la humildad donde su gracia comienza a fluir.
Tal vez no necesitas más fuerza…
necesitas rendirte.
La pregunta es: ¿qué pasaría si dejas el orgullo y decides humillarte delante de Dios?